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Capítulo 27





 

Calle Childebert, 20 de agosto de 1850

Rose de mi corazón:

No puedo soportar más su sufrimiento y su pena. Era el más exquisito de los niños, el más adorable de los muchachos, pero, por desgracia, Dios decidió llamarlo a su lado y debemos respetar su decisión, no podemos hacer nada, mi amor. Escribo estas letras junto a la chimenea, bajo la vela temblorosa, una noche apacible. Usted está arriba, en su habitación, en busca de un poco de reposo. No sé cómo ayudarla y me siento un inútil. Es una sensación odiosa. Si al menos estuviese aquí mamá Odette para consolarla… Pero hace mucho tiempo que se fue, y nunca conoció a nuestro niño. En estos dolorosos momentos, ella la habría rodeado de amor y ternura. ¿Por qué somos los hombres tan impotentes ante estas situaciones? ¿Por qué no sabemos aportar tranquilidad y consuelo? Aquí sentado, mientras le escribo, me odio profundamente. Solo soy un marido inútil que no consigue consolarla.

Desde que el niño nos dejó, usted no es más que una sombra de lo que era: ha adelgazado, está pálida, ya no sonríe; ni siquiera sonrió una sola vez el día de la boda de nuestra hija, aquel espléndido día a orillas del río. Todo el mundo se fijó en ello y me lo comentó: su hermano, muy preocupado, e incluso su madre, que por lo general no se interesa por su estado, y también su nuevo yerno, con quien mantuve una discreta conversación sobre usted. Alguien me sugirió que hiciéramos un viaje al sur, al borde del mar, para encontrar sol y calor.

Tiene los ojos tristes y vacíos, y eso me rompe el corazón. ¿Qué puedo hacer? Hoy he estado deambulando por el barrio, buscaba algún objeto decorativo que le devolviera la sonrisa. He regresado a casa con las manos vacías. Me he sentado en la plaza Gozlin y he leído los periódicos, solo hablan de la muerte de Balzac. No me produce ninguna tristeza, aunque sea uno de mis escritores favoritos. También él tenía una esposa a la que amaba ardientemente, como yo la amo, con una pasión que me consume la vida entera.



Rose, amor mío, soy un jardinero melancólico que ya no sabe qué hacer para que su espléndida flor recupe re su gloriosa plenitud. Rose, ahora está helada, como si no se atreviera a eclosionar, como si ya no se atreviera a ofrecerse a mí, a permitir que su seductor perfume me embruje mientras sus deliciosos pétalos se abren uno a uno. ¿Será por culpa del jardinero? Nuestro querido hijo se ha ido, pero ¿nuestro amor ya no conserva su vigor? Ese amor es nuestra mayor fuerza, lo que hemos de venerar si queremos sobrevivir.

Ese amor estaba aquí antes de nuestro hijo, él hizo que naciera. Debemos conservarlo, alimentarlo y alegrarnos de él. Comparto su pena, respeto a nuestro hijo, al que lloro como padre; sin embargo, ¿podríamos llorarlo como amantes? Desearía tanto disfrutar de nuevo de la delicada fragancia de su piel…, mis labios arden en deseos de cubrirla con miles de besos, me tiemblan las manos ante la idea de acariciar las curvas de su deseable cuerpo; solo yo lo conozco y venero. Quiero sentir que se ondula junto a mí, bajo la ternura de mis caricias, bajo la fuerza de mi abrazo; tengo hambre de su amor, quiero saborear la dulzura de su carne, su intimidad. Quiero recuperar el apasionado éxtasis que compartimos como amantes, marido y mujer, profundamente, auténticos enamorados, arriba, en el reino apacible de nuestra habitación.

Rose, lucharé con todas mis fuerzas para devolverle la fe en nuestro amor, en nuestra vida.

Eternamente suyo, su esposo,

Armand

 








Date: 2015-12-13; view: 57; Нарушение авторских прав

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